Cómo saber si estamos viviendo en Matrix o si existe Dios o por qué existen personas que se declaran agnósticas

¿Existe una isla llamada Molokuku a mil kilómetros al oeste de Japón en la que vive más de cuarenta millones de personas ditribuidas en tres grandes ciudades de rascacielos verde esmeralda? Si tu respuesta es que no (al menos hasta que se te demuestre que te equivocas o aparezca una evidencia muy significativa de que pudiera existir algo así), entonces eres no creyente (o ateo) respecto a Molokuku.

Si simplemente te encoges de hombros y admites que no lo puedes saber todo, que aún hay muchos secretos por descubrir, que la isla quizá se muestra esquiva con nuestros sistemas de detección por satélite o incluso por nuestros sentidos, entonces estás respondiendo como si fueras agnóstico respecto a Molokuku. Por esa razón, creer en Molokuku (o en Dios) puede parecernos ingenuo, pero creer que no sabes si creer o no en ello es un traspiés epistemológico. Vamos a verlo en más detalle.

Yo no puedo saber nada

Un fundamento básico en epistemología podría rezar más o menos así: yo no sé nada. O: yo no sé nada con toda seguridad. La misma ciencia, de hecho, progresa bajo la asunción de que no sabe nada con seguridad, por eso está dispuesta a cambiar de idea cuando ésta se demuestra como erróena.

Es decir, que es de perogrullo que no estamos completamente seguros de nada. Ni de la existencia de Molokuku, ni de Dios, ni de nosotros mismos. Ni siquiera estamos completamente seguros de que si estamos seguros o no de algo.

La ciencia no busca la verdad absoluta de las cosas (o al menos no es su misión en este mismo momento en el que apenas estamos empezando a comprender a tientas lo que nos rodea). Lo que persigue la ciencia son modelos: averiguar qué causa qué y cómo se causa, y comprobar que eso es consistente: si se dan las mismas circunstancias, se producen los mismos efectos, y podemos saber que esos vínculos causales son éste, éste y éste. La ciencia también se dedica a refinar los modelos, suprimiendo bucles que no sirven para nada: por ejemplo, quizá hay un tratamiento ancestral que cura una enfermedad que requiere la ingestión del principio activo de una planta y una serie de cánticos que han pasado de generación en generación. La ciencia descubre con un simple ensayo de doble ciego que es igualmente eficaz el tratamiento con que sin cánticos, así que elimina el cántico del modelo.

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Por eso, si un avión tiene un accidente, como hemos diseñado un modelo físico de causas y efectos sobre la razón por el que ese pedazo de metal surca el cielo y que necesitará X galones de combustible para alcanzar X lugar, los aviones siempre necesitan hacer exactamente las mismas cosas para volar y aterrizan exactamente donde hemos calculado que lo harán. Si surge un imprevisto, de hecho, en función de la complejidad y profundidad de nuestro modelo podremos localizar con exactitud qué ha fallado, enmendarlo y hacer que el avión vuelva a comportarse de la forma esperada. Todo ello, naturalmente, es mejorable, y aún hay lagunas de ignorancia que no hemos sabido completar.

Por consiguiente, la ciencia es extremadamente humilde es sus aspiraciones, pero, con todo, este simple procedimiento de acumulación de datos, proposición de modelos y reelaboración de todo mediante falsación nos ha permitido progresar extraordinariamente en apenas cuatrocientos años. Si ahora existe internet es gracias a este simple procedimiento. Si hemos llegado a la Luna, también. Si logramos que la mortalidad infantil se haya reducido ostensiblemente en el último siglo, también hemos de darle las gracias a esta humilde aspiración: datos, pruebas, modelos, reelaboración. No sabemos la verdad sobre las últimas cosas, pero la ciencia funciona muy bien sin saber eso.

Por esa razón me cuesta mucho más entender a un agnóstico que un creyente.

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El creyente: todos los somos en parte

Veamos cómo opera el creyente. Si ignoras algo, tendemos a llenar nuestras lagunas de ignorancia con mitos porque la incertidumbre y el comecome nos produce estrés e infelicidad. Si ignoras cómo se ha creado el universo, de dónde venimos, a dónde vamos, qué sentido tiene todo, pues, entiendo que haya personas que se sientan más confortadas sustituyendo las dudas con una explicación inteligible, multifactorial y, sobre todo, antropocéntrica: Dios. Un Motor Creador. El Big Bang. Una energía. El amor. No importa lo que sea, la cuestión es “creer” en algo en vez de asumir que no puedes creer en nada.

Todos abrazamos creencias irracionales (sí, las hay racionales) para ser felices, para vivir nuestras vidas sin ser lastrados por el nihilismo o simplemente para no resultar insoportables tanto para el prójimo como para nosotros mismos. Estamos “diseñados” para seguir adelante y transmitir nuestros genes, perpeatuarnos de cuerpo en cuerpo, generación tras generación, como pollos sin cabeza hasta que el sol se hinche y engulla la Tierra, así que no nos queda otra que inventarnos motivaciones para dar sentido a lo que hacemos, aunque sean en parte fantasías egocéntricas.

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El ateo: todos podemos serlo

Sin embargo, nuestro cerebro también tiene la capacidad de (por tiempo limitado) sentarse a reflexionar sobre asuntos profundos sin caer en la tentación de contarnos mentiras o subterfugios. Lo podemos hacer mientras leemos un libro que trate el tema objeto de glosa. O en una charla filosófica en un café. Podemos ser racionales cuando lo requerimos para resolver cuestiones racionales.

Por eso existen persons ateas. Son individuos que abrazan mil creencias irracionales, incluso puede que inconscientemente vivan como si de facto existiera propósito, sentido, magia, amor, dios. Pero que, si son interpeladas en serio sobre el tema, se sosiegan, usan la razón, emplean el método científico y dicen: no, nada de todo eso existe. Hasta que me demuestres lo contrario (claro).

Sin embargo, ¿qué son las personas agnósticas? Son individuos que deslizan “no sé si dios existe o no existe, no tengo suficiente conocimiento para posicionarme”. Pero ¿no es acaso eso lo que queda implícito cuando aducimos que la isla invisible de Molokuku no existe? ¿Cuando decimos que los unicornios no existen? ¿Cuando decimos que las personas no pueden volar como Supermán? ¿Cuando afirmamos que Dios no existe?

Suele suceder que las personsa agnósticas suelen ser ateos desinformados. Pero los agnósticos verdaderamente inquietantes son los que, aún informándose, continúan desdiciéndose del ateísmo, al que tildan de soberbio, anticientífico, estrecho de miras. Cuando el ateo, en realidad, está afirmando tan tajantemente que Dios no existe como que ese semáforo se ha puesto en rojo, que Japón existe (aunque nunca haya viajad allí) o que Molukuku no existe (aunque nunca haya viajado allí). Las afirmaciones del ateo albergan la misma seguridad y la misma soberbia que cualquier otra afirmación que niega la existencia de cualquier cosa que no hemos visto.

Sí, claro, Dios parece que forme parte de otra categoría porque es un concepto demasiado “grande”. No es como los unicornios, las islas invisibles o los Papá Noel. Pero solo lo “parece” porque históricamente e incluso psicológicamente lo hemos convencido así. Porque damos por sentado que hay mucha gente que duda de la existencia de Dios. No sé si existe esta falacia, pero debería: falacia de “grandiosidad”. Dios es como Papá Noel a nivel epistemológico, como ya abordamos hace tiempo. ¿Por qué no ser agnóstico frente a la existencia de Papá Noel?

Uno ejemplo paradigmático de estos sesgos y que, además, ha propiciado que escriba estas líneas es el siguiente vídeo, colgado hace poco por un popular divulgador de ciencia, Javier Santaolalla, se trata de refutar el ateísmo de Richard Dawkins. Javier es físico de partículas e ingeniero de telecomunicaciones y trabajó en el CERN. Es un verdadero crack al que seguimos con devoción, además de parecer un tipo estupendo que está haciendo mucho por la divulgación en habla hispana. Sin embargo, en este punto hemos de poner en evidencia que ha tropeazo de forma muy sutil en tales sesgos. Si analizamos en sustrato de su discurso, de hecho, descubriremos el típico “dios de los agujeros”: ¿cómo vamos a afirmar que Dios no existe si a lo mejor se esconde en otra dimensión, en la mecánica cuántica o en X?

Aquí vemos la versión que considero más extraña, incomprensible y contradictoria del agnosticismo: apelar a la humildad de que no podemos negar algo que ignoramos proponiendo, con otro tipo de soberbia, que la hipótesis de Dios es válida.

Habida cuenta de que no tenemos ni idea de si existe un primer motor (ni siquiera si esa pregunta tiene sentido antes del Big Bang), que si hay un dios entonces nos quedaría por resolver quién creó a ese dios (con lo cual no habríamos avanzado demasiado en el misterio), que no sabemos, en suma, prácticamente nada a semejantes escalas, y que la ciencia actual tiene propósitos mucho más humildes, plantear que la hipótesis de Dios podría ser válida… pondría en igualdad de condiciones las siguientes hipótesis:

  • En realidad vivimos en Matrix, y todo lo ha creado un científico loco.
  • Todo es un sueño, nada en real, y la realidad es tan extraña que no tiene sentido.
  • Vivimos en un enorme plató de televisión, al estilo Show de Truman, y no tenemos ni idea de lo que hay fuera de él. Nuestro Dios es el producto del programa en el que ejercemos de actores sin saberlo.
  • El universo se creó a sí mismo con un pedo cósmico. Descubriremos lo que son los pedos cómicos dentro de mil siglos, cuando nuestro cerebro sea capaz de entender las dicieséis dimensiones en las que existimos.

Y… aquí escribid vuestra ida de olla favorita. Da igual la hipótesis. Da igual lo que digamos. Sea cual sea ésta, se encontrará en igualdad de condiciones que la hipótesis “dios”. Sabemos tanto sobre la hipótesis “dios” como de cualquier otra. Por eso existe la tetera de Russell o el pastafarismo: metáforas y parodias que nos permiten salir un poco de nuestro foco cognitivo para darnos cuenta del sesgo en el que estamos incurriendo continuamente.

Dado que la hipótesis de Dios es tan válida como cualquier otra hipótesis, ¿hemos de explicitar que somos agnósticos sobre todas esas hipótesis? ¿Hemos de discutirlas una a una y dejar claro que “oye, pues no sé, quizá es verdad, porque no lo sabemos todo sobre todo”. No, simplemente no creemos en ellas. No creemos en ellas en el sentido de que no dedicamos tiempo en analizarlas porque no sabemos ni por dónde empezar. Nos mostramos no creyentes o escépticps sobre todas ellas porque no ganamos absolutamente nada declarándonos creyentes (salvo unas risas en una charla de bar). Y, sobre todo: estamos aquí invirtiendo todo este tiempo en plantearnos si dios existe porque, históricamente, una serie de filósofos, iluminados y testigos de escaso valor han planteado que “dios” (sea lo que signifique eso) podría existir o existe.

Ahora imaginaos lo que hubiera pasado si nos cuentan que ha caído media docenas de focos del cielo (sin tener ni una prueba de ello). ¿Deberíamos debatir la hipótesis de El Show de Truman y afirmar que es muy atrevido no crer que pudiéramos vivir en un plató de televisión y que todos seamos actores sin saberlo? ¿Que lo mejor es dudar de todo? En tal caso, yo estaría ahora aquí escribiendo otra vez mi texto, pero usando otros ejemplos de hipótesis válidas para invalidar epistemológicamente la del Show de Truman: ¿qué tal si los focos cayeron del cielo cuando un Delorean viajó al pasado y, casualmente, transportaba equipo para realizar un rodaje de un documental de historia? Quien sabe…

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La noticia Cómo saber si estamos viviendo en Matrix o si existe Dios o por qué existen personas que se declaran agnósticas fue publicada originalmente en Xataka Ciencia por Sergio Parra .


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